A lo largo de este ensayo de autoría propia exploraremos algunos de los análisis más interesantes, en opinión del autor, sobre la “Diosa Mari” principal divinidad de las tradiciones paganas pre-cristianas del País Vasco. Del mismo modo, trataremos de establecer algunos paralelismos con casos de idénticas características a lo largo de Europa. Finalizaremos, en última instancia, con la exposición de una biografía de apoyo para el interesado en profundizar.

Si hay algo que existe, hoy en día, en el conocimiento de prácticamente todos los ciudadanos vascos, son los mitos relacionados con la Diosa Mari. Leyendas, historias e incluso festivales populares de índole folclórico, todos ellos relacionados de algún modo con Mari, hacen acto de presencia en los “cuenta-cuentos” de cientos de ikastolas, colegios e institutos a lo largo de toda la geografía vasca. Se han publicado, además, docenas de libros sobre este asunto, algunos desde la óptica legendario-mítica, otros desde la antropología, arqueología e historia, o incluso como objeto de cuentos infantiles para los más pequeños ¡¡hasta desde la filosofía y la psicología!! En todos estos campos, y en otros muchos más está presente: Mari, la Diosa-Madre de los antiguos vascos. Son, actualmente, realmente pocas las mentes que hayan abordado esta materia desde el punto de vista “pagano”, al contrario que sucede con las divinidades de otros lugares (Irlanda, Escocia, Gales, Escandinavia, Grecia) en donde si han surgido interpretaciones a veces más reconstruccionistas, otras menos, con respecto a las divinidades autóctonas de su cultura, dentro del concepto actual del denominado “paganismo contemporáneo”.
En palabras del catedrático en Hermenéutica por la Universidad de Deusto Andrés Ortiz-Oses “la Diosa Mari es para la cultura vasca la personificación de la Madre Naturaleza”, creo que, si desearíamos resumirlo en una frase, esta sería la más apropiada. Sin embargo todos los que llevamos un mínimo de años en relación con la investigación sobre “nuestra ama”, sea desde la afición, la religión o la erudición académica, estamos de acuerdo que Mari es, cuanto menos, una Diosa imposible de resumir, debido a que sus bastos atributos la convierten en una entidad excesivamente compleja.
El posible hallazgo más arcaico del culto a esta entidad podría registrarse en Karrantza (Bizkaia) y data de la cultura Magdaleniense (una de las últimas culturas del Paleolítico Superior, que se percibió al norte de España, entre otros países de Europa -Francia, Suiza y Alemania-), es decir, una cultura que va de entre el 15.000 y el 8.000 antes de la era común. El hallazgo en cuestión se trata de un templo subterráneo dedicado a una diosa arcaica, en el interior profundo de una cueva. Estos hallazgos, perfectamente explicados por el especialista en cultura paleolítica vasca además de famoso escritor sobre Mitología Vasca, José Miguel Barandiarán, trataron de profundizar más en los orígenes de una Diosa que, ya en esas décadas, se la rastreaba hasta el Neolítico. Junto a este descubrimiento en concreto, José Miguel Barandiarán, estableció interesantes paralelismos con otros hallazgos de similar envergadura a lo largo de Bizkaia, Gipuzkoa, Nafarroa y Zuberoa, ofreciendo nuevas latitudes de investigación con respecto al matriarcalismo primitivo y las culturas rupestres:

(Barandiarán y su equipo de investigación)

(Hallazgo rupestre en Gipuzkoa)
(Cuevas de Urkiola, Bizkaia)

(Cuevas de Azkondo, Bizkaia)

(Bolinkoba de Atxarte, Bizkaia)

(Otro ejemplo de grabados rupestres en el País Vasco)
Así mismo, la conocida “Diosa Mari” desciende de un concepto arcaico de veneración primitiva cuyos rasgos aún sobreviven a lo largo de toda la geografía vasca. Mari, también conocida como Amari, Amalur (significa “Madre Tierra”), o Maya, sabemos que no corresponde a un nombre riguroso con respecto a esta entidad. Ya muchos autores han señalado el carácter “sin nombre” que pareció imperar en las sociedades agrícolas y matriarcales de los primitivos cultos neolíticos matrifocales. Por lo que “Mari” como nombre propio, más bien responde a un título, similar al de “Señora” con el que el folclore tardío ha decidido renombrar a la común Diosa primigenia en la cultura proto-vasca, y vasca posteriormente.
El hallazgo de la estalactita en la Cueva de Zelharburu (Nafarroa Behera) fue otro de los grandes descubrimientos del origen del culto a la Diosa Mari, actualmente conocida como “el dorso de la santa” numerosas investigaciones han demostrado como esta estalactita actuó a modo de “ídolo” en el culto a la Diosa Mari de la Euskal Herria pre-cristiana.

(Estalagmita subterránea de la Cueva de Zelharburu, Nafarroa, que fue objeto de culto como “dorso” de la propia Diosa)
La evolución proto-cultural del culto primitivo a la Diosa Mari es especialmente parecida a otros casos estudiados a lo largo de Europa, esto lo han señalado autores de sobra conocidos en esta materia, como Marija Gimbutas, así como otros autores, estos menos criticados popularmente, tanto autóctonos como foráneos. Podemos ver paralelismos de evoluciones primitivas tanto en lugares popularmente estudiados por los interesados en estas materias (Germania, Irlanda, la Grecia primitiva) así como paralelismos con diosas neolíticas de lugares algo más remotos, por ejemplo Siberia o Ucrania (”The Evolution of Paleolithic Art”, Annete Lamming). Sin embargo, la “iniciación matriarcal” (en palabras de Txema Hornillas en su “Los héroes de la mitología vasca”) en la cultura vasca antigua y su relación tan íntima con el tema que aquí tratamos, sobre la diosa principal de los vascos, nos obliga a hacer una parada que destace algunos aspectos de esta estructura psicosocial.
El Matriarcado Vasco
Aunque solo es una opinión personal, entendiendo todos los estudios que, principalmente eruditos americanos, han hecho sobre sociedades matriarcales, y en la que muchos han incluido estudios sobre el fenómeno vasco, en mi opinión el más interesante es el elaborado por el bilbaíno Andrés Ortiz-Osés en su obra “El Matriarcalismo Vasco”. No sé si por el tratamiento explícito que le da al tema vasco, o por las revelaciones que en sí ofrece, pienso en esa obra como una de las más indispensables a la hora de ahondar más en este tema.
En palabras de este autor, en referencia a la Diosa Mari como personificación de la naturaleza, así como objeto de culto principal dice “impregna, coagula y cohesiona el grupo social tradicional vasco de un modo diferenciante respecto a los pueblos indoeuropeos patriarcales“. En esta obra, el catedrático elabora un estudio cuidadoso sobre el matriarcado en la cultura vasca, implantado subestructuras de afectación.
Específicamente hace hincapié en los factores sociales y mitológicos que, dice, giran en torno a la figura de “Gran Madre” tanto en el factor social de Etxekoandre (”Señora de la Casa” piedra angular del sistema familiar y social tradicional vasco), como en el factor Mari como diosa soberana, madre de todo (dioses y hombres), como personificación de culto a la naturaleza.
Otra subestructura es la heráldica, como medio de transmisión de parentesco y herencia, que en el caso vasco, siempre fue de transmisión femenina. A lo que añade (citando a Pio Baroja) es una descendencia del papel de la mujer como elemento recolector (de alimentos) y dadora de vida, ya presente en el Neolítico.
Otra sería la lingüística, en el euskera como lengua con comunes palabras de significado “unisex”, así como análisis de sufijos tradicionales (que como el -ba) indican “… en su interpretación primigenia de la realidad, una marca de asignación matriarcal“.
Y la subestructura anímina, de la mujer como objeto de dependencia familiar, social e incluso religioso. Aquí también hace un repaso a la estructura social vasca, tradicionalmente “comunalista”, que frente al modelo patrista (”Sex in History”, de G.R. Taylor) tradicionalmente “individualista”, ofrece una interpretación organizativa de descendencia matriarcal.
Un factor especialmente interesante en el modelo psicosocial vasco es la investidura de la figura femenina del concepto de sacerdocio, o lo más parecido que existió, en la sociedad vasca pre-cristiana. Curiosamente y al contrario de lo ocurrido en docenas de culturas, este factor no pudo (o no quiso, hay muchas teorías) erradicarse con el advenimiento del Cristianismo. Aún hoy, especialmente en los lugares donde la civilización (globalización) no ha podido instaurarse con su habitual modus tiránico, podemos percibir este modelo sacerdotal femenino. Las Ermitas tradicionales vascas eran centros de culto cristiano que amparaban un radio poblado por un número determinado de baserris (caseríos), número que podía depender de muchos factores, generalmente o económicos o sociales. Cada Ermita estaba (y está) fraccionada, en su interior, por una serie de “Yarlekus”. Cada Yarleku era atribuido a un Baserri, y por ende a una familia. Era tal dicha atribución, que los muertos de la familia pasaban a ser enterrados bajo el Yarleku que correspondía a su Etxe (casa), o lo que es lo mismo, eran enterrados bajo la Ermita. Al Yarleku no acudía diariamente “la familia”, sino su representante, esta era siempre la mujer más mayor del Baserri. Ella por tanto era la encargada de administrar los “negocios religiosos” de su familia, y la representante “ante Dios” de la familia, y luego en casa era la encargada de oficiar los ritos caseros típicos, especialmente los dedicados a los antepasados y las ofrendas que les correspondían. El Yarleku era y es tan poderoso (en concepto) que era considerado una especie de extensión del Baserri, y nadiese atrevía a allanar un Yarleku ajeno sin permiso, ni el propio cura, del mismo modo que harían con una casa; no entrar sin permiso. Si la mujer, la Etxekoandre, por cualquier motivo no podía asistir a misa, era suplantada por otra mujer que la propia Ermita disponía, a la que se le da el nombre de “Andereserora” (algo así como “Señora Soror” o algo parecido, tampoco hay una traducción debido a la inexistencia de este concepto en otros lugares de la península).
Esto, para la inmensa mayoría de los estudiosos, demuestra la supervivencia del conocido (y resaltado por Estrabon) código de ginecocracia vasco que investía incluso el aspecto religioso de la vida cotidiana, en palabras de Estrabon:
“…es común también la valentía de sus hombres y mujeres; pues éstas trabajan la tierra y cuando dan la luz sirven a sus maridos acostándolos a ellos en vez de acostarse ellas mismas en sus lechos”. (III, 4, 17)
Otro dato interesante que supone una post-existencia del matriarcado vasco es el concepto de “cosmos” en la mentalidad vasca. La Tierra, como madre, suponía el Axis Mundi de toda la existencia, dando a luz a todo lo demás que existía, incluidos al Sol y la Luna (ambas de carácter femenino en la Mitología Vasca) que actuaban a modo de hijas de Amalur. Se consideraba que cuando amanecía era que la Tierra había dado a luz al sol, mientras que la luna “había regresado” al útero materno, y cuando anochecía, se consideraba que la Tierra había dado a luz a la luna, mientras que Eguzki (la Sol) había vuelto nuevamente al útero materno. Algo que condicionó también la forma de concebir la muerte por los antiguos vascos, quienes creyeron que “volvían a la tierra-madre” y lo que provocó que el enterramiento primitivo fuese “bajo tierra” poniendo el cadáver en “posición fetal”. La Tierra era por tanto el Eje de toda la existencia, todo lo que hay por encima de ella es “vivo”, y todo lo que hay debajo es “muerto y/o sobrenatural” lo que produce, a menudo, mitos como los supervivientes, de Dioses que viven bajo tierra, se desplazan por galerías subterráneas, y acceden al mundo por aberturas naturales, convirtiendo el panteón vasco en un panteón principalmente ctónico.
“…sean las hijas las que queden como herederas y que los hermanos sean entregados por ellos a sus esposas; porque poseen una especie de ginecocracia, y esto no es del todo civilizado”. (III, 4, 18)
La evolución proto-cultural del culto primitivo a la Diosa Mari es especialmente parecida a otros casos estudiados a lo largo de Europa, esto lo han señalado autores de sobra conocidos en esta materia, como Marija Gimbutas, así como otros autores, estos menos criticados popularmente, tanto autóctonos como foráneos. Podemos ver paralelismos de evoluciones primitivas tanto en lugares popularmente estudiados por los interesados en estas materias (Germania, Irlanda, la Grecia primitiva) así como paralelismos con diosas neolíticas de lugares algo más remotos, por ejemplo Siberia o Ucrania (”The Evolution of Paleolithic Art”, Annete Lamming). Sin embargo, la “iniciación matriarcal” (en palabras de Txema Hornillas en su “Los héroes de la mitología vasca”) en la cultura vasca antigua y su relación tan íntima con el tema que aquí tratamos, sobre la diosa principal de los vascos, nos obliga a hacer una parada que destace algunos aspectos de esta estructura psicosocial.
El Matriarcado Vasco
Aunque solo es una opinión personal, entendiendo todos los estudios que, principalmente eruditos americanos, han hecho sobre sociedades matriarcales, y en la que muchos han incluido estudios sobre el fenómeno vasco, en mi opinión el más interesante es el elaborado por el bilbaíno Andrés Ortiz-Osés en su obra “El Matriarcalismo Vasco”. No sé si por el tratamiento explícito que le da al tema vasco, o por las revelaciones que en sí ofrece, pienso en esa obra como una de las más indispensables a la hora de ahondar más en este tema.
En palabras de este autor, en referencia a la Diosa Mari como personificación de la naturaleza, así como objeto de culto principal dice “impregna, coagula y cohesiona el grupo social tradicional vasco de un modo diferenciante respecto a los pueblos indoeuropeos patriarcales“. En esta obra, el catedrático elabora un estudio cuidadoso sobre el matriarcado en la cultura vasca, implantado subestructuras de afectación.
Específicamente hace hincapié en los factores sociales y mitológicos que, dice, giran en torno a la figura de “Gran Madre” tanto en el factor social de Etxekoandre (”Señora de la Casa” piedra angular del sistema familiar y social tradicional vasco), como en el factor Mari como diosa soberana, madre de todo (dioses y hombres), como personificación de culto a la naturaleza.
Otra subestructura es la heráldica, como medio de transmisión de parentesco y herencia, que en el caso vasco, siempre fue de transmisión femenina. A lo que añade (citando a Pio Baroja) es una descendencia del papel de la mujer como elemento recolector (de alimentos) y dadora de vida, ya presente en el Neolítico.
Otra sería la lingüística, en el euskera como lengua con comunes palabras de significado “unisex”, así como análisis de sufijos tradicionales (que como el -ba) indican “… en su interpretación primigenia de la realidad, una marca de asignación matriarcal“.
Y la subestructura anímina, de la mujer como objeto de dependencia familiar, social e incluso religioso. Aquí también hace un repaso a la estructura social vasca, tradicionalmente “comunalista”, que frente al modelo patrista (”Sex in History”, de G.R. Taylor) tradicionalmente “individualista”, ofrece una interpretación organizativa de descendencia matriarcal.
Un factor especialmente interesante en el modelo psicosocial vasco es la investidura de la figura femenina del concepto de sacerdocio, o lo más parecido que existió, en la sociedad vasca pre-cristiana. Curiosamente y al contrario de lo ocurrido en docenas de culturas, este factor no pudo (o no quiso, hay muchas teorías) erradicarse con el advenimiento del Cristianismo. Aún hoy, especialmente en los lugares donde la civilización (globalización) no ha podido instaurarse con su habitual modus tiránico, podemos percibir este modelo sacerdotal femenino. Las Ermitas tradicionales vascas eran centros de culto cristiano que amparaban un radio poblado por un número determinado de baserris (caseríos), número que podía depender de muchos factores, generalmente o económicos o sociales. Cada Ermita estaba (y está) fraccionada, en su interior, por una serie de “Yarlekus”. Cada Yarleku era atribuido a un Baserri, y por ende a una familia. Era tal dicha atribución, que los muertos de la familia pasaban a ser enterrados bajo el Yarleku que correspondía a su Etxe (casa), o lo que es lo mismo, eran enterrados bajo la Ermita. Al Yarleku no acudía diariamente “la familia”, sino su representante, esta era siempre la mujer más mayor del Baserri. Ella por tanto era la encargada de administrar los “negocios religiosos” de su familia, y la representante “ante Dios” de la familia, y luego en casa era la encargada de oficiar los ritos caseros típicos, especialmente los dedicados a los antepasados y las ofrendas que les correspondían. El Yarleku era y es tan poderoso (en concepto) que era considerado una especie de extensión del Baserri, y nadiese atrevía a allanar un Yarleku ajeno sin permiso, ni el propio cura, del mismo modo que harían con una casa; no entrar sin permiso. Si la mujer, la Etxekoandre, por cualquier motivo no podía asistir a misa, era suplantada por otra mujer que la propia Ermita disponía, a la que se le da el nombre de “Andereserora” (algo así como “Señora Soror” o algo parecido, tampoco hay una traducción debido a la inexistencia de este concepto en otros lugares de la península).
Esto, para la inmensa mayoría de los estudiosos, demuestra la supervivencia del conocido (y resaltado por Estrabon) código de ginecocracia vasco que investía incluso el aspecto religioso de la vida cotidiana, en palabras de Estrabon:
“…es común también la valentía de sus hombres y mujeres; pues éstas trabajan la tierra y cuando dan la luz sirven a sus maridos acostándolos a ellos en vez de acostarse ellas mismas en sus lechos”. (III, 4, 17)
Otro dato interesante que supone una post-existencia del matriarcado vasco es el concepto de “cosmos” en la mentalidad vasca. La Tierra, como madre, suponía el Axis Mundi de toda la existencia, dando a luz a todo lo demás que existía, incluidos al Sol y la Luna (ambas de carácter femenino en la Mitología Vasca) que actuaban a modo de hijas de Amalur. Se consideraba que cuando amanecía era que la Tierra había dado a luz al sol, mientras que la luna “había regresado” al útero materno, y cuando anochecía, se consideraba que la Tierra había dado a luz a la luna, mientras que Eguzki (la Sol) había vuelto nuevamente al útero materno. Algo que condicionó también la forma de concebir la muerte por los antiguos vascos, quienes creyeron que “volvían a la tierra-madre” y lo que provocó que el enterramiento primitivo fuese “bajo tierra” poniendo el cadáver en “posición fetal”. La Tierra era por tanto el Eje de toda la existencia, todo lo que hay por encima de ella es “vivo”, y todo lo que hay debajo es “muerto y/o sobrenatural” lo que produce, a menudo, mitos como los supervivientes, de Dioses que viven bajo tierra, se desplazan por galerías subterráneas, y acceden al mundo por aberturas naturales, convirtiendo el panteón vasco en un panteón principalmente ctónico.
“…sean las hijas las que queden como herederas y que los hermanos sean entregados por ellos a sus esposas; porque poseen una especie de ginecocracia, y esto no es del todo civilizado”. (III, 4, 18)

